Share →

En nuestros días, uno de los mayores desafíos globales a los que nos enfrentamos son las crecientes desigualdades económicas, una realidad que se traduce, y al mismo tiempo se alimenta, de injusticias sociales y deterioro ambiental. Disponemos, no obstante, de herramientas para hacer frente a esta situación, entre ellas nosotros apostamos por el emprendimiento, encaminado al empoderamiento económico ciudadano, y la cooperación internacional, como mecanismo de intercambio y aprendizaje mutuo entre regiones. Dotemos a ambas de un objetivo común: la Economía Verde, entendida como un conjunto de economías locales, interconectadas, integradas en el medio natural y empoderadoras de sus comunidades.

Pasemos a la acción en primera persona. Dejad que os contemos nuestra historia en el mundo de la cooperación internacional por una Economía Verde. Historia que recorre parte del continente Africano desde 2011 hasta hoy: Egipto, Líbano, Angola, Túnez, Argelia, Túnez (II) y Marruecos; y que en los próximos meses retornará al Líbano de nuevo, y continuará por Palestina e Israel.

Nuestro carácter abierto y curioso siempre nos ha empujado a explorar otras culturas, buscando la conexión y el enriquecimiento mutuo. Fue esta la dirección de nuestros primeros pasos como cooperantes: el intercambio de experiencias. Todo comenzó en Egipto, en el otoño de 2011, en plena “Primavera Democrática” en la región norte-africana y el mundo entero (15M, indignados, “occupy” …). Era el momento de canalizar dicha energía hacia la creación y redistribución diferente de las riquezas. Porque los movimientos sociales son muy necesarios, pero debemos extenderlos al ámbito económico si realmente queremos cambiar las reglas del juego. Este es el empoderamiento del que hablamos: darle a la persona (emprendedora) la capacidad de crear su propio destino, la libertad de generar su propio modo de vida y el poder de cambiar las cosas. Aquellos días en Egipto pudimos intercambiar herramientas de acompañamiento a ecoemprendedores, experiencias concretas, casos de éxito y fracaso. La magnitud de Egipto dejó huella en nosotros, tanto por su historia y la sombra alargada de sus pirámides, como, sobre todo, por las faraónicas dificultades alzadas frente a los emprendedores: del medio día necesario para cruzar la descomunal ciudad de El Cairo (jamás sentí tanto caos y pérdida de control, como al montarme en aquellos taxis), al contexto político inestable tras la revolución de la plaza Tahrir.

Egipto1

Ecoemprendedores y agentes de cambio en Egipto. Noviembre de 2011. El Cairo, Egipto.

Tras Egipto, fuimos a Líbano en el verano de 2012. Formato análogo, pero añadiendo en esta ocasión un elemento de promoción de los proyectos participantes (¡las empresas ecológicas y sociales necesitan que se las conozcan!), y una dinámica de co-creación entre los actores del “ecosistema” del emprendimiento en el país, en aras de trasladar las necesidades de las empresas sostenibles a la administración, decisores políticos, y entidades financieras (la otra gran necesidad de los emprendedores es la financiación). Quedaba mucho por hacer aún: tanto en Egipto como en Líbano habíamos planeado un acompañamiento por vía telemática (Skpye, email) que nunca se llegó a utilizar pues los emprendedores se “perdieron” por el camino. La enorme incertidumbre de sus situaciones y países causa verdaderos estragos en la “mortalidad” emprendedora. Montones de grandes ideas con potencial de impacto ambiental y social importante no ven la luz del día, sencillamente porque la realidad cotidiana obliga a buscarse la vida por otros medios. Como decíamos, hay mucho por hacer si realmente queremos contribuir a un empoderamiento real de estos ecoemprendedores y por ende a un impacto real en sus sociedades. El Líbano, país de contrastes y diversidad. Desde la mezcla de lenguas (árabe, francés e inglés) a los agujeros de bala en los edificios de Beirut (la guerra no anda lejos); del avance desenfrenado de la globalización entre los jóvenes (marcas de ropa, equipo de fútbol…) al “Líbano Verde” al que hacían alusión los ecoemprendedores (histórico valle fértil del Mediterráneo) y cuyo renacer da sentido a nuestras acciones.

Libano1

Co-creando el “Líbano Verde” con ecoemprendedores y agentes del ecosistema libanés. Junio 2012. Beirut, Líbano.

Y entonces llegó Angola. Un proyecto distinto (Centro comunitario de Damba María). No directamente dirigido a fomentar la ecoemprendeduría, sino a la dinamización socio-económica de un barrio desfavorecido (Damba María, Benguela) en la costa angoleña. Siendo la meta última evitar el éxodo rural especialmente entre los jóvenes; el medio que se planteó fue el estímulo del emprendimiento desde la óptica de la sostenibilidad. La herramienta era el centro comunitario recién construido, y sin uso definido aún. La envergadura del proyecto era mayor en esta ocasión, dada la larga presencia en el país de la ONG coordinadora, la mayor duración de la fase en terreno (1 mes por nuestra parte), así como la existencia de un período previo de estudio de contexto, y un análisis posterior de resultados y viabilidad. Nos encantó la idea y nos sumamos al barco.

Angola1

Centro comunitario de Damba María. Abril 2012. Benguela, Angola.

En Benguela pasé uno de los meses más reveladores de mi vida. Cierto es que muchos de los clichés sobre África se cumplían: pobreza, desigualdades, corrupción, dificultades… pero vivirlo de cerca cambia la vida, para siempre. Me cambió la perspectiva, cuando te das cuenta de que ni lo más básico está garantizado: electricidad (cortes constantes), comida (cara e importada), transporte (caos circulatorio absoluto, ausencia de transporte público…). Sólo puedes pensar en el día en curso, en cómo solventar los obstáculos que van apareciendo para llegar a mañana. Te cambia la mentalidad ver a la gente -niños y adultos- sonriendo sin cesar, sin importar la dureza a la que se enfrentan. Disfrutan del momento presente, de las relaciones humanas, de los pequeños placeres. Pero sobre todo, lo que realmente te cambia es ver toda esa exuberante juventud (pirámide poblacional muy joven) bloqueada y sin perspectiva ninguna. Sin poder realizar sus sueños, ni siquiera intentarlo. Es entonces que te reafirmas en que tienes que hacer algo, proporcionar alguna oportunidad aunque sólo sea a uno de estos jóvenes, porque de ahí seguro que brotará algo bueno. Y manos a la obra nos pusimos, para que desde el referido centro comunitario, los jóvenes pudieran construirse un futuro sin tener que emigrar a la ciudad. Pudieran aprender informática (¡y acceder a Internet!), hacer teatro, ser entrenadores de fútbol, fabricar uniformes para los colegios, leer y estudiar, sentarse junto a los ancianos en el “jango”, y un día gestionar el programa de micro-créditos que tanto éxito estaba teniendo entre las mujeres emprendedoras del barrio.

Angola, gran país y gran gente. Lleno de belleza: la impresionante Bahía de los Tiburones, el mágico desierto del Namib, la luna llena anaranjada, la sabana y la selva. Lleno de contrastes: de procesiones católicas en Semana Santa (ex-colonia portuguesa) a sesiones de Capoiera en las interminables playas (a veces rebosantes de basura); de vendedoras de fruta callejeras y pescadores con sedal en mano, a una americana muy simpática regentando un albergue; de fiestas de “ex-patriados” con trabajadores de petrolíferas del “Norte” y cooperantes bailando la misma música… Sí, esto me hizo pensar, y mucho, el imaginarme aquellas plataformas petrolíferas gigantescas llevándose el “oro negro” del país, frente a la minúscula gota en el océano de nuestro centro comunitario.

Lo hicimos medianamente bien, pusimos el centro a disposición de la gente, empoderamos a los jóvenes y mujeres para su gestión, potenciamos el exitoso programa de micro-créditos, involucramos a las escuelas, a la Iglesia, a los sabios… ¿Qué falló? A nivel del proyecto en sí, sin duda el seguimiento y, obviamente, la financiación asociada. Acabada nuestra participación jamás supimos nada más de aquel lugar. Los proyectos de “cooperación” se diseñan todavía en despachos con aire acondicionado en Bruselas, sin considerar demasiado la realidad del “Sur”, sin involucrar suficientemente a los agentes locales, sin integrarlos en las políticas locales, sin la movilización de recursos endógenos, con financiadores evaluando los resultados desde el desconocimiento. A nivel macro, la causa subyacente es clara: la cooperación se concibe todavía como “ayuda al desarrollo”, como “la RSC del Norte” (Responsabilidad Social Corporativa), siendo el verdadero “modelo de negocio” el comercio internacional basado en reglas injustas y desequilibrios de poder. Pero hay esperanza, hay agentes y gentes locales con ganas de hacer cosas, de aprovechar estas mínimas ventanas para escalar estos proyectos y multiplicar las oportunidades entre sus conciudadanos. Algunas pistas nos dieron sobre cómo atacar este sistema perverso y devolver el poder económico, y por tanto social y ambiental, a las comunidades. Sobre cómo poner unas baldosas amarillas en los pies de algunos niñ@s, y unas “kwanzas” (moneda angolana) en los sueños de algunos ecoemprendedores…

CONTINUARÁ

Versión publicada en “El País – Planeta Futuro”: http://elpais.com/elpais/2015/07/13/planeta_futuro/1436788456_369085.html