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Aún recuerdo de pequeñito cuando jugábamos a “bote bote” en la piscina. Aún recuerdo como me escondía yo en el lugar más remoto, ya casi en el monte, y cómo, en aquel remanso de silencio y oscuridad absoluta, casi se me olvidaba que estaba jugando, los ojos fijos en el descomunal cielo estrellado que se abría ante mi. Fueron aquellos momentos los que marcaron el inicio de mi camino. Fue allí que, sin saberlo aún, comencé a buscar el porqué.

De vuelta al presente, a este maravilloso verano del 2011 en el que despertamos, el jueves pasado, en una de esas mágicas asambleas de pensamiento en el Sol, todo cobró sentido y el puzzle de mi vida comenzó a completarse. Hablábamos de la identidad del movimiento (15M), de nuestra capacidad para indeterminarnos e incluir a todxs, para luego tomar una forma concreta y resolver problemas determinados. Hablábamos de qué somos y, sin saberlo de nuevo, de porqué somos.

En mi etapa vital anterior, dedicaba yo una buena parte de mi tiempo a observar el cielo en busca de respuestas. La Astronomía era mi puerta a las estrellas, mi ventana hacia nuestro planeta oasis. Buscaba yo el origen de la vida en la Tierra así como la posibilidad de no estar solos ahí fuera, en un intento por comprender mi misión aquí abajo y el sentido de todo esto. Llegó sin embargo mi momento de cambio, ese instante vital en el que te das cuenta que tus esfuerzos serían más útiles ayudando a la gente aquí abajo que soñando allí arriba, de que aquello en lo que realmente eres valioso no son las solitarias noches de observación sino el motivar a la gente para el cambio hacia un mundo mejor.

Así pasé a mejor vida, a centrarme en mi verdadero porqué, ayudar; a dedicarme a mi verdadera pasión, las personas. Por supuesto que nunca abandoné mi curiosidad por explorar los confines del espacio en busca de pistas sobre lo desconocido y por conocer. Y es hoy que por fin he visto la luz jeje y he empezado a integrar ambos puntos de vista. Ahora miro mi vida como si estuviera caminando sobre la Luna, como aquel primer astronauta que lo hizo y se dio cuenta de “que podía tapar la bola azul con su pulgar y eso me hizo comprender cómo de frágil era nuestra Casa … y que desde aquel momento, mi misión sería la de proteger la vida en la Tierra.” La humildad, nuestro deber para con nuestros hijos. Ahora miro mi vida desde el cristal del otro y sé que mi único sentido sois todxs vosotrxs y así os dedico mi existencia y lucha.

Recuerdo aquellos amaneceres con Danilón en el bordillo de la acera frente a su kelly, hablando y experimentando la Teoría del Caos. Sí, esa que dice que la mariposas pueden crear huracanes. Esa que comenta que la probabilidad de que haya vivido lo que he vivido, y de que haya conocido a la gente que he conocido, es prácticamente cero y sin embargo así ha ocurrido. Dani, su Caos, la Astronomía y aquel astronauta me enseñaron que la Tierra, nuestra Casa, es un milagro en el Universo; y que la vida, esa chispa que insuflaron a nuestro polvo de estrellas, es el mayor regalo que le pueden hacer a uno, el regalo de la oportunidad.

Y así lo debo transmitir. Y así lo voy a hacer. Comenzando esta misma semana, en el “curso” de desarrollo profesional que voy a dar a chavales de entre 14 y 17 años. “Curso” en el que no voy a tratar de que sepan que quieren hacer con sus vidas pues el camino lo harán caminando. Tan sólo voy a intentar despertar en ellos la curiosidad por explorar, hablándoles de aquellos puntitos luminosos del cielo y cómo en ellos se esconde la maravilla de su oportunidad. Tan sólo voy a sentarme con ellos en el suelo y a tratarnos de igual a igual, con respeto y diversión, en una pequeña asamblea, y llevarles así un poquito del espíritu y buen rollo del 15M. Quizás, con un poco de suerte, una ventana de curiosidad y amor se abrirá ante ellos 😉

En el bar del movimiento, tras la asamblea, hablando de ejercicios teatrales con los ojos tapados, me vino a la mente una idea para nuestra aventura 15miana de este verano (ver “Vacacciones Soleadas” y “Toma la Playa, Toma la Montaña”): un taller de Astronomía, una sesión de observación del cielo nocturno, alejadxs de la mundanal contaminación lumínica, para vernos a nosotros mismos y recordarnos de nuestra insignificancia y significancia.

Cierra los ojos. Permanece así por un buen par de minutos. Apunta tu mirada a lo más alto del cielo. Ábrelos. Ahí la tienes, la Sonrisa del Universo (el núcleo de la Vía Láctea). Y en la noche eterna, si eres capaz de tener ambas sonrisas, la del Universo y la de tu chic@, entonces y sólo entonces, serás, sin duda alguna, el ente más afortunado de este lado de la Galaxia 😉

“Porque yo no sé lo que soy. No lo sé. Pero sí sé porque soy: por vosotrxs, por amor.”

The Mountain from TSO Photography on Vimeo.